Huachipato integra la llave C6 de la Fase 2, donde enfrentará a Carabobo de Venezuela, con la ida como visitante y la vuelta en Chile. Superar ese cruce lo instalaría automáticamente en la Fase 3, donde el cuadro ya está predeterminado: el ganador de C6 se enfrentará al ganador de la llave C3, que enfrenta a Sporting Cristal (Perú) con el vencedor del duelo previo entre 2 de Mayo y Alianza Lima. En términos prácticos, el camino acerero exige dos eliminatorias consecutivas: primero dejar en el camino a Carabobo y luego superar a un rival peruano, ya sea Cristal o Alianza, para acceder a la fase de grupos. En el análisis frío del sorteo, Huachipato evita a brasileños y argentinos hasta una eventual fase grupal, lo que transforma su ruta en una de las más abordables del cuadro preliminar.
El escenario de O’Higgins es radicalmente distinto. El equipo rancagüino quedó emparejado en la llave C7 de la Fase 2 frente a Bahía de Brasil, con ida en Chile y definición como visitante. Solo ese dato ya marca el nivel de dificultad. Pero el cuadro se vuelve aún más exigente al proyectar la Fase 3: el ganador de C7 se enfrentará al vencedor de la llave C2, donde compiten Deportes Tolima (Colombia) y el ganador de la serie entre Bolívar y Deportivo Táchira. Es decir, si O’Higgins quiere meterse en la fase de grupos deberá eliminar, primero, a un club brasileño y luego a un rival colombiano o a un histórico del altiplano boliviano, en dos llaves consecutivas de alta exigencia física y competitiva.
Así, el sorteo dejó dos lecturas claras para el fútbol chileno. Huachipato depende de sí mismo y de sostener su favoritismo relativo para llegar a la fase de grupos, con un recorrido que, sin ser simple, es coherente con su estatus de campeón nacional. O’Higgins, en cambio, quedó condenado al camino más duro del cuadro, donde cada paso exige una actuación por sobre el promedio continental. El margen de error es mínimo y la épica, casi obligatoria.