Universidad de Chile arrancó su camino en la Copa de la Liga dejando una imagen que poco cambia respecto de sus últimas presentaciones: un equipo frágil, desordenado y con muy pocas certezas. En el Estadio Nacional, bajo una intensa lluvia y con Fernando Gago observando desde las tribunas, el cuadro azul igualó 2-2 frente a Deportes La Serena en un partido donde, más allá del resultado, volvió a quedar expuesta su crisis futbolística.
Con John Valladares dirigiendo su último encuentro como entrenador interino, la U mostró una vez más un funcionamiento paupérrimo, especialmente en defensa. La Serena encontró demasiadas facilidades para llegar al arco rival y por largos pasajes pareció tener el partido bajo control. De hecho, los papayeros dejaron la sensación de merecer algo más, porque generaron varias situaciones claras y aprovecharon la alarmante debilidad estructural de un equipo azul que sigue sin dar respuestas.
La U comenzó en ventaja. A los 19 minutos, Maximiliano Guerrero abrió la cuenta tras una jugada que parecía encaminar el partido para los azules. Sin embargo, la reacción fue más aparente que real. Porque con el correr de los minutos, el equipo volvió a desordenarse, a perder control y a dejar espacios que La Serena no dudó en aprovechar.
Así llegó la remontada papayera. Felipe Chamorro apareció dos veces —a los 29’ y a los 40’— para dar vuelta el marcador antes del descanso, castigando una defensa frágil, mal parada y sin respuestas. En ese tramo, la visita fue superior y dejó en evidencia todas las debilidades de una U que se cae con demasiada facilidad.
Ni siquiera el contexto del estreno, con nuevo torneo y nuevo entrenador ya confirmado, alcanzó para provocar una reacción real. La U dependió más de impulsos aislados que de una idea reconocible. Hubo rendimientos individuales bajos, entre ellos el de Javier Altamirano, en una noche donde varios futbolistas volvieron a quedar en deuda. El problema, sin embargo, parece ir bastante más allá de nombres puntuales: el equipo carece de solidez, de variantes y también de jerarquía en zonas clave.
El empate deja a la vista una herencia pesada del ciclo de Paqui Meneghini, pero también vuelve a poner el foco sobre la confección del plantel. La U luce mal armada, con poco recambio y sin nombres que realmente marquen diferencias en momentos complejos. Es un equipo que se parte con facilidad, que defiende mal los espacios y que transmite una preocupante sensación de vulnerabilidad cada vez que el rival acelera.
Ahora la tarea será de Fernando Gago, que recibió desde la tribuna una primera advertencia contundente. Lo que viene no será simplemente ajustar detalles, sino intentar reconstruir un equipo sin confianza, sin funcionamiento y con demasiadas carencias evidentes. La U cambió de entrenador, pero en la cancha siguió mostrando exactamente los mismos síntomas de una crisis que todavía está lejos de terminar.