Hay selecciones que juegan al fútbol. Y hay otras que, además, cargan con una historia que parece empujarlas cuando todo está perdido. Brasil pertenece a ese segundo grupo. Durante noventa minutos sufrió, fue superado por largos pasajes y estuvo al borde de una de las eliminaciones más dolorosas de su historia reciente. Sin embargo, cuando el reloj marcaba el tiempo de descuento apareció esa mística que tantas veces ha definido los Mundiales para rescatar una clasificación que parecía escaparse.
Japón volvió a demostrar que hace tiempo dejó de ser una selección simpática para convertirse en un rival de primer nivel. El equipo de Hajime Moriyasu salió sin complejos, presionó arriba, manejó con inteligencia los tiempos del partido y golpeó a una Brasil incómoda desde el inicio. La recompensa llegó a los 29 minutos, cuando Kaishu Sano recuperó un balón en campo rival, condujo con decisión y sacó un remate cruzado imposible para Alisson que silenció por completo el NRG Stadium.
La ventaja japonesa no era casualidad. Brasil monopolizaba la posesión, pero carecía de profundidad. Vinicius era prácticamente el único capaz de romper líneas, mientras Matheus Cunha y Lucas Paquetá encontraban muy pocos espacios. Detrás aparecía una figura gigantesca: Zion Suzuki. El arquero nipón sostuvo la ventaja con una actuación extraordinaria, respondiendo cada vez que la Canarinha lograba llegar con peligro.
Carlo Ancelotti entendió que debía modificar el libreto. En el descanso envió a Endrick al terreno de juego y Brasil comenzó a jugar mucho más cerca del área rival. La presión aumentó y las ocasiones empezaron a multiplicarse hasta que apareció uno de los hombres de experiencia. A los 56 minutos, Casemiro conectó un impecable cabezazo tras un centro desde la izquierda para establecer el 1-1 y devolverle el alma a un equipo que empezaba a desesperarse.
El empate cambió completamente el encuentro. Brasil se lanzó con todo sobre el arco japonés. Vinicius estrelló un remate en el poste después de una brillante jugada individual, Endrick aportó movilidad, Martinelli ingresó para atacar los espacios y Suzuki siguió respondiendo con intervenciones espectaculares. Japón resistía como podía, apostando a alguna contra de Maeda o Ueda que liquidara definitivamente el partido.
Los minutos pasaban y el alargue parecía inevitable. Pero entonces apareció aquello que tantas veces distingue a los gigantes. En el sexto minuto de adición, cuando el cronómetro marcaba prácticamente el último ataque del partido, Gabriel Martinelli encontró el espacio dentro del área y marcó el 2-1 que hizo estallar al estadio y evitó uno de los grandes batacazos del Mundial. El delantero del Arsenal desató la celebración de una selección que durante casi todo el encuentro caminó por la cornisa.
Las estadísticas reflejaron el dominio territorial brasileño: cerca del 70% de posesión, 18 remates contra apenas cinco de Japón y seis tiros de esquina frente a dos. Sin embargo, el desarrollo fue mucho más equilibrado de lo que indican los números. Japón defendió con enorme disciplina, atacó con velocidad y obligó a Brasil a exigirse hasta el límite para evitar una eliminación que habría quedado entre las mayores sorpresas del torneo.
La Canarinha avanzó, pero dejó dudas. Ancelotti encontró una clasificación agónica gracias al liderazgo de Casemiro, al desequilibrio permanente de Vinicius y al oportunismo de Martinelli, aunque también comprobó que su equipo sigue mostrando fragilidades cuando enfrenta rivales ordenados y valientes. Japón, por su parte, abandona el Mundial con la frente en alto. Estuvo a segundos de eliminar a la pentacampeona del mundo, jugó sin miedo y confirmó el crecimiento sostenido de su fútbol. Pero en la Copa del Mundo no siempre alcanza con jugar bien. A veces, enfrente aparece Brasil. Y cuando Brasil huele la eliminación, suele encontrar una vida extra. Esa fue, una vez más, la verdadera diferencia.