Las palabras de Daniel Garnero tras el empate 2-2 entre Universidad Católica y La Serena no fueron una queja aislada. Aunque el técnico cruzado habló el domingo, su diagnóstico hoy cobra otro peso al cruzarlo con los números de la primera fecha: el fútbol chileno volvió a arrancar con partidos lentos, llenos de interrupciones y con un arbitraje que no logra sostener el ritmo.
“El segundo tiempo se jugó poco… el arbitraje es responsable de eso”, dijo Garnero, apuntando directamente a las demoras exageradas y a la falta de sanción frente a equipos que cortan el juego. Más allá del resultado, el entrenador puso sobre la mesa un tema estructural: la incapacidad del referato para proteger la continuidad del partido.
Los datos son elocuentes. En la Fecha 1 del campeonato nacional se registró un promedio de 23,2 faltas por partido, con picos muy por encima de ese número. El caso más extremo fue precisamente La Serena–Católica, con 36 infracciones totales, el registro más alto de la jornada. Everton–Unión La Calera llegó a 34, mientras varios encuentros superaron con holgura las 25.
El contraste con la Premier League es brutal. En Inglaterra, el promedio ronda las 21 faltas totales por partido, con una media cercana a 10,6 por equipo. Clubes como Manchester City (10), Liverpool (9,5) o Arsenal (10) se mueven sistemáticamente bajo esos rangos, incluso en partidos de alta intensidad. El equipo que más infracciones promedia apenas llega a 14 por encuentro.
En Chile, en cambio, ya en la primera fecha aparecen partidos con 30 o más faltas, algo que en la elite europea es excepcional. No es solo una diferencia estadística: es una diferencia de modelo. Mientras en la Premier se privilegia la continuidad y se castigan rápidamente las pérdidas deliberadas de tiempo, acá las interrupciones se acumulan sin consecuencias reales.
El resultado es un torneo fragmentado, con poco juego corrido y escasa exigencia física sostenida. Mucha fricción, muchas pausas y una autoridad arbitral que rara vez impone ritmo. Exactamente lo que Garnero describió: partidos donde cuesta “entrar en competencia”.
La señal es preocupante, sobre todo para un campeonato que busca elevar su estándar. Porque más allá de jugadas polémicas o cobros puntuales, lo que queda expuesto es un problema de fondo: el arbitraje chileno sigue permitiendo que el fútbol se diluya entre faltas, demoras y tiempos muertos.
La comparación con la elite no deja espacio para matices. Hoy el torneo local se juega más en las interrupciones que en la pelota. Y mientras eso no cambie, hablar de intensidad o competitividad internacional seguirá siendo, simplemente, un espejismo.