Everton está al borde del abismo. La derrota de este domingo ante Deportes Iquique, en un Sausalito sin alma y sin gente, dejó al cuadro viñamarino colgando de la categoría. A falta de una fecha, el equipo ruletero depende de sí mismo, pero un viaje a Rancagua es una tarea mayúscula para un equipo que no anda. El club que hace una década fue presentado como un modelo a seguir hoy es una maqueta desarmada, sin cimientos, sin identidad y sin rumbo.
El segundo semestre del 2025 fue una pesadilla extendida: ocho derrotas, tres empates y solo tres victorias en la parte más crítica del campeonato, justo cuando se necesitaba solidez, temple y respuestas desde el banco. No aparte, en el mismo periodo, Unión La Calera —tan cuestionada como Everton— sumó 11 derrotas, hundiéndose en su propio caos. La diferencia es que en Viña del Mar la caída no es una excepción: es parte de un patrón que viene construyéndose hace tiempo.
Diez años después de la llegada de Grupo Pachuca, el proyecto que prometía transformar al cuadro oro y cielo en “el cuarto grande de Chile” pasó de ambición visionaria a eslogan vacío. La consigna se repetía en cada presentación, en cada conferencia y en cada anuncio corporativo. Se hablaba de metodología, de modernización, de traer “el modelo Pachuca”, esa estructura tan celebrada en México. Pero en la cancha, la versión chilena nunca pasó de ser un borrador.
La lenta pudrición de Everton no comenzó hoy ni ayer: se ha fermentado en una mezcla de decisiones erráticas, apuestas fallidas y una desconexión estructural entre la dirigencia y el fútbol real. Mientras en México se celebraba la continuidad —con técnicos que duraban mil días o más— en Viña del Mar los proyectos se incendiaban a los pocos meses. Se quemaron etapas, se quemaron entrenadores y, finalmente, se quemó la paciencia.
El segundo semestre del 2025 es la fotografía más cruel de esta década perdida. Un equipo sin jerarquía, sin funcionamiento, sin respuestas tácticas, y con jugadores que cargan sobre sus hombros el peso de un club que durante años fue vendido como una potencia en construcción, pero que nunca recibió los cimientos para sostener tal promesa. Las tribunas, cada vez más vacías, ya no compran discursos: compran resignación.
La renuncia de Mauricio Larriera hace unas semanas fue otro síntoma de un ciclo roto. En su lugar, el club volvió a llamar a Javier Torrente, ahora en su tercer período, como si la historia no hubiera enseñado nada. Torrente, un técnico de emergencia, un bombero recurrente, aterriza otra vez en medio del incendio. Esta vez, sin embargo, el fuego está más cerca del escudo que nunca.
La lucha de Everton por no descender no es solo una mala campaña: es la consecuencia inevitable de una década administrada a golpes de volantazo, un proyecto que se vendió como revolucionario pero que terminó siendo una sucesión interminable de parches. El club que soñaba con competir en copas internacionales hoy ruega por un empate en Rancagua, por un tropiezo ajeno, por lo que sea que evite un golpe que puede marcarlo por años.
La pudrición es lenta, pero evidente. Una pudrición que se fue gestando desde que la promesa de grandeza dejó de ser planificación y se convirtió en marketing, desde que el “modelo Pachuca” se diluyó en la impaciencia, desde que la dirigencia confundió estabilidad con slogans y resultados con urgencias.
Everton está vivo, sí. Pero agoniza en una zona donde los grandes casi nunca pisan y los proyectos de verdad nunca se permiten llegar. Lo que pase en la última fecha será solo el capítulo final de un relato que venía escribiéndose hace demasiado tiempo.