Everton de Viña del Mar vive la temporada más inquietante desde que el Grupo Pachuca tomó el control total del club. La ilusión de 2016, cuando se anunciaba una transformación estructural destinada a posicionar a los “ruleteros” entre los equipos protagonistas del fútbol chileno, se ha diluido por completo. Hoy, Everton mira el descenso muy de cerca después de una racha que acumula derrotas, rendimiento irregular y una distancia mínima respecto de los puestos más bajos de la tabla.
La caída no es un accidente. Es el síntoma de un proceso que se arrastra por años. La rotación constante de entrenadores —nueve en ocho años— impidió cualquier intento de construir una identidad de juego reconocible. Los ciclos duraron meses, no temporadas; los proyectos técnicos se cortaron antes de madurar y el plantel se acostumbró a reinventarse una y otra vez sin lograr estabilidad. La reciente salida de Mauricio Larriera y la llegada de Javier Torrente reforzaron la sensación de improvisación. Para la hinchada, la elección de técnicos vinculados al conglomerado mexicano y sin arraigo en el fútbol local es parte del problema.
A ese cuadro se suma una política deportiva que convirtió a Everton en un club vendedor dentro de la red del Grupo Pachuca. La venta de jugadores clave en momentos críticos, como ocurrió con algunas de sus principales figuras, debilitó las posibilidades competitivas del equipo. Mientras tanto, el plantel se reforzó con préstamos internos provenientes de otros clubes del conglomerado, una estrategia que alivió costos pero no permitió armar un equipo estable ni competitivo a largo plazo. En Viña del Mar quedó la sensación de que el club funciona más como un eslabón dentro de una estructura global que como un proyecto con ambiciones propias.
La crisis no es solo deportiva. En los últimos meses afloraron tensiones profundas dentro de la interna ruletera. Jugadores molestos por incumplimientos administrativos llegaron a impedir el ingreso de dirigentes al camarín tras un partido, un gesto que evidenció un quiebre de confianza pocas veces visto en el club. Este conflicto interno golpeó al plantel en pleno momento crítico de la lucha por la permanencia y dejó al descubierto problemas de gestión que venían escalando silenciosamente.
Todo ocurrió mientras la cúpula del conglomerado mexicano enfrentaba situaciones legales complejas en su país de origen, lo que aumentó la inquietud en Viña del Mar. Aunque el club siguió operando, el ruido externo alimentó la percepción de abandono y de desalineación entre las necesidades inmediatas del equipo y las prioridades del grupo propietario.
Hoy, Everton está pagando una década de decisiones cortoplacistas. La promesa de convertirse en un “cuarto grande” chocó con una realidad marcada por la falta de estabilidad, una inversión deportiva insuficiente y una dirección que nunca logró adaptarse al contexto del fútbol chileno. Lo que alguna vez se presentó como una oportunidad histórica terminó derivando en un escenario donde la principal urgencia es evitar el descenso.
El desafío inmediato es deportivo, pero la solución es estructural. Everton necesita reconstruirse desde la base: un proyecto técnico estable, una política de fichajes pensada para competir y no solo para generar caja, y una dirigencia capaz de recuperar la confianza de un plantel desgastado y una hinchada que siente que el club perdió el rumbo.
La decadencia de Everton no fue repentina. Fue un deterioro prolongado, visible y anunciado. La pregunta ahora es si aún hay tiempo —y voluntad— para revertir un camino que amenaza con llevar al club a uno de los episodios más dolorosos de su historia.