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La foto posterior a la anotación de Bellingham se quedó con el portero Nyland señalando al cielo, Haaland reclamando al árbitro francés Clément Turpin y el técnico Ståle Solbakken protestando desde la banca. No hubo llamado del VAR ni menos una rectificación ante las protestas escandinavas.
De acuerdo a lo señalado por FIFA, no se detectó ninguna actividad que confirmara el contacto del balón con un cable tendido a lo ancho del campo, sin embargo, las imágenes de TV muestran una detención brusca de la pelota en su trayecto aéreo.
La confianza es total en cuanto al funcionamiento del sensor que los balones poseen dentro para detectar irregularidades y esa defensa sigue a ultranza. Pero la falta de sensibilidad o inteligencia del chip de la pelota se contradice con lo ocurrido la semana pasada en el pleito entre Portugal y Croacia, por la definición de los dieciseisavos. En esa ocasión el sensor detectó un roce de Igor Matanović, este fue tan leve que ni el propio jugador estaba seguro de haberlo dado.”apenas sentí que me rozó el pelo” señaló. Demasiada diferencia de la “inteligencia” de la Trionda entre una situación y otra.
Lo claro es que la pelota si detecta golpes, roces y giros, y lo hace unas 500 veces por segundo, una especie de electrocardiograma, las que son enviadas como información a los detectores que se encuentran alrededor del campo para luego ser recibidas en el VAR.
La teoría que se baraja entonces es que la altura en la transitó el balón fue la clave para que estos aparatos tecnológicos no detectaran el golpe ni enviaran la información, además, los cables metálico tendidos donde se mueven las cámaras pueden provocar interferencias o anular la señal de radio que se envían. Dos situaciones que habrían conspirado para que una vez la polémica se instaló en el Mundial, está vez por culpa de un cable y la pelota.