La caída de Cobresal ante Deportes Limache no fue una derrota más. El 5-2 sufrido en El Salvador, frente a un rival recién ascendido, dejó al cuadro minero instalado en puestos de descenso y abrió una de las crisis más delicadas del largo ciclo de Gustavo Huerta. El entrenador, símbolo del club en los últimos años, no intentó maquillar el golpe y tras el partido habló en tono de quiebre.
“Dentro de todo el tiempo que he estado acá, nunca había sentido una impotencia tan grande de ver al equipo tan mal”, lanzó Huerta luego del encuentro. No fue una frase aislada. También apuntó al nivel mostrado en cancha, especialmente en la primera mitad, que calificó derechamente como “vergonzosa”, remarcando que su mayor molestia no solo pasa por el resultado, sino también por la falta de reacción y actitud de sus jugadores.
El DT además se puso al frente del mal momento. “La responsabilidad es mía”, afirmó, reconociendo que el equipo no ha encontrado respuestas y que los errores se vienen repitiendo partido tras partido. En esa línea, advirtió que Cobresal deberá cambiar prioridades, dejar de pensar solo en el armado de juego y empezar a reconstruirse desde la solidez defensiva, un aspecto que hoy aparece completamente derrumbado.
Las palabras de Huerta suenan a un técnico al límite. No anunció su salida, pero sí dejó instalada una sensación de desgaste profundo después de nueve años de historia compartida con el club. Cuando un entrenador de su trayectoria habla de impotencia, vergüenza y necesidad de conversar urgente con el plantel, lo que aparece no es solo una autocrítica: es la señal de que en Cobresal se quebró algo serio.