Everton de Viña del Mar visita a Colo Colo en uno de los momentos más delicados de su historia reciente. Resultados paupérrimos, un plantel golpeado por las lesiones y un técnico que no logra enderezar el rumbo configuran un escenario límite para el cuadro ruletero.
Desde la llegada de Javier Torrente, el presente deportivo es derechamente alarmante. El entrenador argentino suma 7 partidos oficiales, con un balance de cinco derrotas, un empate y una sola victoria, números que explican por qué el equipo sigue hundido en la parte baja y por qué su continuidad ya está seriamente cuestionada en Viña del Mar.
Torrente debutó en la banca evertoniana en la fecha 26 del torneo pasado, justamente ante Unión Española. Aquella campaña terminó con un verdadero milagro: Everton evitó el descenso por estrechísimo margen, cerrando el campeonato en el puesto 14 con apenas 26 puntos, producto de 6 triunfos, 8 empates y 16 derrotas, con una diferencia de gol de –17 (27 goles a favor y 44 en contra). Un salvataje agónico que hoy parece más un parche que el inicio de una reconstrucción.
El arranque del nuevo proceso no hizo más que profundizar el deterioro. En sus últimos diez partidos oficiales, Everton ganó solo uno, empató uno y perdió ocho. La única victoria fue ante Cobresal. El resto fue una cadena de tropiezos frente a Unión La Calera (dos veces), O’Higgins, Iquique, Audax Italiano, Universidad de Chile, Palestino y Universidad Católica. Un rendimiento del 13% de los puntos posibles, propio de un equipo condenado a pelear abajo.
A ese panorama se suma un problema estructural: Everton llega a Macul convertido en un verdadero hospital. El mediocampista Benjamín Berríos quedó descartado por un desgarro en el gemelo, perdiéndose un partido clave ante Colo Colo. Su lugar asoma para Cristopher Barrera, en un mediocampo ya debilitado y sin demasiadas alternativas.
Como si eso fuera poco, Torrente tampoco podrá contar con Hugo Magallanes, suspendido tras ver tarjeta roja en la fecha anterior, mientras otros jugadores arrastran molestias físicas que reducen todavía más un plantel corto y sin recambio.
El equipo llega al Monumental sin identidad clara, con escaso poder ofensivo, errores defensivos reiterados y una confianza completamente erosionada. Torrente no ha logrado imprimir una idea reconocible ni generar una reacción competitiva, y en el entorno del club ya se asume que una nueva derrota podría significar su salida inmediata.
Everton no solo juega un partido ante Colo Colo. Juega su estabilidad institucional, la continuidad de su entrenador y la posibilidad de evitar otro año marcado por el sufrimiento. Hoy, el cuadro ruletero aparece como un equipo moribundo, sostenido apenas por recuerdos recientes y por un milagro pasado que ya no alcanza para tapar una realidad cada vez más cruda.