Hay modas en el fútbol que resultan difíciles de entender. Una de ellas es la obsesión de algunos jugadores por transformar los lanzamientos penales en una coreografía de saltitos, frenadas y movimientos destinados a engañar al arquero. Una técnica que se ha extendido por el fútbol mundial y que, cuando fracasa, deja en evidencia a quienes parecen más preocupados del espectáculo que de convertir el gol.
Flamengo lo comprobó de la peor manera. El equipo brasileño quedó eliminado de la Copa Libertadores frente a Estudiantes de La Plata, en una definición por penales que tuvo como gran protagonista al uruguayo Fernando Muslera, quien se convirtió en el héroe de la clasificación argentina a la final del torneo continental.
Jorginho y Lucas Paquetá fueron dos de los grandes protagonistas de la eliminación. Ambos recurrieron a las pausas en sus carreras, intentando provocar que Muslera eligiera anticipadamente un costado. Pero el experimentado arquero uruguayo no compró el engaño, esperó los remates y terminó conteniendo los dos lanzamientos.
El problema de esta moda es que muchos futbolistas parecen estar más pendientes del movimiento del arquero que de ejecutar correctamente el penal. El saltito se transforma en una obligación, la frenada en una rutina y la potencia del remate pasa a segundo plano. Cuando el arquero decide esperar, el ejecutante termina obligado a resolver en una fracción de segundo, muchas veces con un disparo débil y anunciado.
Y lo ocurrido con Flamengo no es un caso aislado. En el Mundial de 2026, Bruno Guimarães ya había protagonizado un episodio similar frente a Noruega, cuando desperdició un lanzamiento penal después de recurrir a una ejecución con frenada. Una acción que volvió a demostrar los riesgos de una técnica que, lejos de garantizar una ventaja, puede terminar complicando innecesariamente al propio ejecutante.
Neymar fue uno de los grandes especialistas en este tipo de lanzamientos. El brasileño perfeccionó la capacidad de observar al arquero hasta el último instante, modificar la dirección del remate y definir con precisión. Pero una cosa es contar con los recursos técnicos de Neymar y otra muy distinta es intentar imitar sus movimientos sin dominar realmente la ejecución.
Jorginho también hizo de esta particular carrera una marca registrada durante buena parte de su trayectoria. Sin embargo, su lanzamiento ante Estudiantes volvió a demostrar que incluso los especialistas quedan expuestos cuando el arquero decide no anticiparse y esperar el golpeo.
La definición también tuvo un episodio insólito con Cetré, quien resbaló al ejecutar su lanzamiento y convirtió, pero debió repetirlo por un doble toque. En su segundo intento envió la pelota por encima del travesaño, aunque ese error no impidió que Estudiantes consiguiera la clasificación.
Muslera terminó siendo el héroe de la jornada, con tres penales contenidos, incluido el de Bruno Henrique. El experimentado arquero uruguayo fue determinante para dejar en el camino a uno de los grandes candidatos al título y asegurar la presencia del conjunto argentino en la final de la Copa Libertadores.
Lo ocurrido con Flamengo, sumado al antecedente de Bruno Guimarães en el Mundial, vuelve a poner sobre la mesa una tendencia que parece haberse instalado definitivamente en el fútbol. Los penales siempre han tenido un componente psicológico, pero transformar cada ejecución en un espectáculo de saltitos y frenadas no garantiza absolutamente nada.
Porque al final, por mucho que cambien las modas, el objetivo sigue siendo exactamente el mismo: poner la pelota dentro del arco. Y a veces, en lugar de tanto saltito, tanta pausa y tanta coreografía, simplemente hay que pegarle fuerte.