La conferencia de Nicolás Córdova en Sochi volvió a instalar una sensación conocida: mientras el técnico asegura que Chile “va por un buen camino”, el ambiente que rodea a la Roja parece escucharlo desde otro planeta. A dos años de asumir las selecciones juveniles y entre pasos interinos por la adulta, sus mensajes han perdido recepción y hoy chocan con un escenario marcado por frustraciones competitivas, ruido interno y un creciente malestar en la opinión pública.
Durante su intervención previa al amistoso ante Rusia, Córdova defendió el proyecto con convicción. Habló de plazos largos, de “un grupo que crece” y de la valoración que —según él— recibe desde el extranjero por la planificación chilena. Fue una versión reiterada del mismo libreto: un entrenador convencido, incluso orgulloso, de una construcción que, en la cancha, está lejos de los resultados prometidos. La eliminación temprana del Mundial Sub 20, las críticas al juego y las dudas en torno a las convocatorias son parte de un inventario que no suele aparecer en su discurso.
La distancia entre la narrativa oficial del técnico y la lectura que hacen los hinchas, la prensa e incluso algunos dirigentes no es nueva. Desde 2023, Córdova ha transitado entre explicaciones y advertencias, muchas veces en un tono que refuerza la imagen de un entrenador encapsulado: que la cancha no ayudó, que el arbitraje condicionó, que los parámetros físicos impiden convocar a ciertos futbolistas, que la crítica no entiende el plan, que el proceso es más importante que el resultado inmediato. Incluso frases como “valoren que hay un técnico chileno que quiere hablar de fútbol” o “pedí un montón de cosas que no se hicieron” amplificaron la percepción de un liderazgo menos dialogante y más atrincherado.
El problema no es solo de forma. La insistencia en presentar cada tropiezo como parte de una construcción virtuosa genera una tensión evidente con una realidad competitiva donde Chile, en todas sus categorías, acumula más dudas que certezas. En Quilín preocupa que el relato de Córdova se haya vuelto impermeable, al punto de restarle sensibilidad a la temperatura del ambiente. Mientras el técnico pide mirar al futuro, el presente reclama explicaciones más claras y decisiones menos herméticas.
En Sochi, nuevamente, Córdova habló de proyección, de desarrollo individual y de experiencias valiosas. Pero lo hizo sin matices y sin la autocrítica que muchos esperaban después de un año cargado de ruido y con las selecciones juveniles lejos de los estándares que exige el país. Esa desconexión —una especie de sintonía paralela— se ha convertido en la nota dominante de su gestión. Y, en un escenario donde la selección adulta también atraviesa su propio laberinto, el costo de seguir hablándole al país desde otro registro puede ser más alto de lo que el propio entrenador imagina.