El buen fútbol es una consecuencia. Puede ser una consecuencia del orden, del talento, de la voluntad, del azar y de todos los factores al mismo tiempo. La derrota de la Inglaterra de Thomas Tuchel ante Argentina ha reabierto un debate sobre su capacidad para ganar que lo persigue desde que dejó el Bayern Múnich y en su turbulento paso por el Chelsea. La idea que se va consolidando es la de un entrenador que trabaja bien y mejora a los jugadores, pero que, en momentos de alta tensión cuando tiene que gestionar situaciones de crisis, toma malas decisiones.
Durante la mayor parte del Mundial, Inglaterra tuvo una estructura clara. El equipo no brilló, fue más de ráfagas individuales que de ideas colectivas, pero avanzaba con justicia. Iba de menos a más. Tuchel le apuntó con Gordon, recuperó a Bellingham y Kane estaba prendido. Eso, más la seguridad defensiva, lo transformaron en candidato. Favorito, incluso, ante Argentina. Todos vimos lo que pasó: el equipo no se restó de la refriega, atacaba escalonadamente y se puso en ventaja aprovechando un grueso error de la zaga trasandina. Todo a pedir boca. Caviar en el plato. Claro que esa ventaja, lejos de estimular el espíritu, lo enfrió y lo que se vio después fue repliegue y temor. Una vez que Argentina olió sangre (como lo expresó Scaloni), el equipo inglés entregó el partido. Cedieron la posesión y dejaron de atacar. Periódicos como The Guardian dan en el clavo: el problema no fue perder, sino rendirse cuando había equipo para hacer otra cosa.
Para Thomas Tuchel el problema es que esto no es una anécdota sino otro capítulo (probablemente el que lo definirá de por vida) de la misma historia. Cuando estaba en el Bayern Múnich, ya había una impresión parecida. Sus malas Champions y la dominación de la Bundesliga por parte del Bayer Leverkusen que no había sido campeón en su vida, fueron pruebas de que algo pasaba en los momentos bisagra.
En el Chelsea, ganó la Liga de Campeones solo meses después de asumir, pero el final del proceso también dejó heridas. Varias investigaciones periodísticas han mostrado cómo la relación con los nuevos dueños fue mala con nula gestión del vestuario y excesivo autoritarismo. Un calco de lo del Bayern.
La semifinal de ayer contra Argentina es otra repetición de patrón.
La gran paradoja es que nadie duda de las habilidades tácticas de Tuchel. El problema es su gestión emocional de los momentos decisivos. Donde otros entrenadores potencian o dejan fluir la ambición, el alemán está más interesado en controlar. Y, tristemente, esa búsqueda de seguridad termina provocando lo contrario.
Un Bayern sin identidad, un Chelsea institucionalmente fracturado y una Inglaterra que dejó escapar una semifinal del Mundial que estaba al alcance. Diferentes episodios, diferentes contextos, pero el mismo factor común.
El próximo Campeonato Europeo se llevará a cabo en 2028 en el Reino Unido. ¿Es Tuchel el mejor hombre para el desafío? ¿Tendrán que llamar a la puerta de Guardiola? El debate acaba de comenzar.