La interna de Colo Colo vuelve a quedar expuesta. Según trascendidos desde el entorno de la negociación, Aníbal Mosa le habría prometido a Vibra Fútbol, agencia que representa a Damián Pizarro, que el delantero sería fichado en este mercado. La señal fue tan clara que el propio jugador terminó declarando su disconformidad en Francia, se ausentó de entrenamientos en Le Havre y forzó un escenario de conflicto contractual para acelerar su salida. Una jugada de alto riesgo, tanto para su carrera como para el club que hoy intenta ficharlo.
El problema es que esa promesa no conversa con la hoja de ruta deportiva. Para Fernando Ortiz, el regreso de Pizarro no es prioridad. El entrenador considera que el equipo necesita un “9” con rodaje inmediato, presencia física y capacidad de sostener ataques, y en esa lógica su nombre es otro: Maximiliano Romero. No es una discusión menor. Pizarro apenas suma dos partidos y 16 minutos en la temporada en Francia, un registro que refuerza la tesis de que su fichaje apunta más a un rescate de carrera que a una solución competitiva para el presente de Colo Colo.
La ecuación se vuelve más compleja porque Vibra no es un actor secundario en esta historia. La agencia ya le acercó al club a Matías Fernández, lateral de Independiente del Valle, y además fue clave en las gestiones para concretar las salidas de Vicente Pizarro y Brayan Cortés al fútbol argentino, movimientos que permitieron aliviar una mochila económica pesada en Blanco y Negro. En otras palabras, no es solo una petición: es una relación de intercambio que hoy está tensionada.
En ese escenario, la postura de Ortiz choca de frente con la política de compromisos que se habría establecido desde la dirigencia. El técnico quiere a Romero; la agencia quiere relanzar a Pizarro; y Mosa queda atrapado entre la palabra empeñada y la planificación deportiva. El resultado es un problema que ya no es solo de mercado, sino de gobernanza: ¿manda el proyecto futbolístico o las promesas a los intermediarios?
El caso Pizarro se ha convertido en un dolor de cabeza en el Monumental. No solo por el ruido mediático, sino porque expone una vez más el conflicto estructural entre decisiones técnicas y acuerdos de escritorio. Mientras Ortiz intenta armar un plantel competitivo para hoy, la dirigencia parece empujada a resolver compromisos heredados o asumidos sin el visto bueno del entrenador.