Este martes, el Estadio Nacional fue escenario de una despedida multitudinaria. Walter Montillo volvió a vestir de azul, ovacionado por miles de hinchas que celebraron su talento y su vínculo emocional con Universidad de Chile. La escena tuvo tono de reparación, pero también reabrió una herida: cómo y por qué el club dejó ir a un jugador que había prometido retirarse en la U y terminó colgando los botines sin renovación.
La salida de Montillo, anunciada a comienzos de diciembre de 2020, fue el cierre de un proceso marcado por demoras, falta de definiciones y un choque de tiempos entre el futbolista y la dirigencia de Azul Azul. El propio jugador lo explicó entonces con crudeza. “Pedí que me confirmaran antes del 20 de noviembre si iba a seguir. No es un tema de plata, es un tema de tiempos. No puedo estar esperando”, dijo al comunicar que no continuaría en el club. En esa misma línea, remarcó que llevaba meses sin una respuesta clara y que la indefinición terminó por agotarlo.
Montillo insistió en que el problema no fue una evaluación deportiva en sí, sino la prolongación del proceso sin una decisión concreta. Reconoció que entendía los cambios internos del club y la llegada de un nuevo cuerpo técnico, pero advirtió que su situación personal no admitía más dilaciones. La planificación familiar —el regreso a Argentina, la escolaridad de sus hijos y sus proyectos post fútbol— exigía certezas inmediatas.
Desde la vereda dirigencial, el relato fue distinto. Cristián Aubert, presidente de Azul Azul en ese período, defendió públicamente la postura de la concesionaria. “Nunca se les puede dar en el gusto a todos”, afirmó, subrayando que la administración debía tomar decisiones pensando en el proyecto global del club y en un contexto financiero incierto. Aubert negó que hubiera existido una promesa incumplida y planteó que, simplemente, los tiempos del jugador y los del club no coincidieron.
El presidente de Azul Azul también sostuvo que la dirigencia no podía comprometerse sin contar con toda la información deportiva y presupuestaria para la temporada siguiente. En esa lógica, explicó que no se trataba de desconocer la trayectoria de Montillo, a quien calificó como un gran profesional y un jugador importante, sino de actuar con responsabilidad institucional. En su diagnóstico, el desenlace respondió a una diferencia de prioridades: Montillo optó por resolver su futuro personal, mientras el club debía administrar incertidumbres mayores.
Esa distancia entre discursos fue el punto de quiebre. Para el futbolista, la falta de una respuesta antes del plazo que él mismo había fijado fue decisiva. Para la dirigencia, acelerar una definición podía sentar un precedente que no estaban dispuestos a asumir. El resultado fue un escenario sin retorno. El 1 de diciembre de 2020, Montillo anunció que no renovaría con la U. Días después, confirmó que se retiraría del fútbol profesional, cumpliendo su palabra de que la camiseta azul sería la última, aunque no en las condiciones que había imaginado.
En sus declaraciones de despedida, Montillo fue enfático en separar las aguas: evitó personalizar el conflicto en el cuerpo técnico y centró su molestia en el proceso. Dejó en claro que no buscaba presionar ni negociar públicamente, y que su decisión pasaba por coherencia. Volver atrás, dijo entonces, habría sido faltar a su palabra.
La reacción de la hinchada fue inmediata y mayoritariamente crítica hacia Azul Azul. La salida del “10” se transformó en símbolo de una gestión percibida como distante de los referentes históricos y poco sensible al capital emocional del club. No se discutía su rendimiento, sino el trato y el timing.
A casi cinco años de ese episodio, la despedida de este martes en el Nacional resignificó la historia. Montillo recibió el reconocimiento que no tuvo en 2020 y la U cerró, al menos simbólicamente, un capítulo incómodo. Pero el fondo permanece: la salida de Walter Montillo no se explica por una decisión abrupta ni por un problema futbolístico, sino por una suma de indefiniciones que chocaron con los tiempos de un jugador que había vuelto para cerrar su carrera en casa.