Deportes Concepción volvió a demostrar que su principal problema no está en el rival, sino en sí mismo. En el Ester Roa Rebolledo, el equipo de Walter Lemma firmó un empate 3-3 que, más allá del punto, deja una sensación de derrota emocional, porque el desarrollo del partido expone con crudeza una falla estructural: la incapacidad de sostener ventajas sin cometer errores determinantes.
El inicio era exactamente lo que necesitaban los lilas. Intensos, agresivos y con protagonismo, encontraron rápido premio en el marcador. Ignacio Mesías, uno de los pocos puntos altos de este proceso, abrió la cuenta a los 11 minutos, coronando un arranque donde Concepción se mostraba más decidido, más claro y, sobre todo, más conectado con la urgencia de su presente. Antes incluso, el equipo ya había avisado con un remate al palo, dando señales de que podía imponer condiciones.
Durante ese tramo inicial, el partido parecía inclinarse hacia el local. La Serena no encontraba respuestas y Concepción manejaba los ritmos con cierta tranquilidad. Pero esa estabilidad duró poco. Demasiado poco. Porque cuando el partido exigía cabeza fría y orden, aparecieron los errores que ya son marca registrada.
A los 24 minutos, una falta absolutamente evitable dentro del área terminó en el primer penal para La Serena. Jeisson Vargas no falló y decretó el empate. Hasta ahí, un golpe duro, pero remontable. El problema es que Concepción no solo no reaccionó, sino que se desmoronó. Siete minutos más tarde, otra descoordinación defensiva terminó en un segundo penal, nuevamente convertido por Vargas a los 31’. En un abrir y cerrar de ojos, el equipo pasó de controlar el partido a estar abajo en el marcador, víctima exclusiva de su propia torpeza.
Ahí es donde el partido se rompe emocionalmente. Porque más allá del marcador, lo que se instala es la inseguridad. La Serena, sin hacer un gran partido, entendió que cada avance podía transformarse en peligro real. Y así llegó el tercer golpe: Nicolás Stefanelli marcó el 3-1 a los 41’, aprovechando un equipo local completamente desordenado, largo y sin respuestas. Lo que era una noche que prometía terminó siendo un escenario adverso construido desde los propios errores.
El segundo tiempo, sin embargo, mostró otra cara. O al menos, una reacción desde el orgullo. Mesías volvió a aparecer a los 46’ para descontar de inmediato y reabrir el partido. Ese gol fue clave, porque cambió la inercia y le devolvió algo de confianza a un equipo que parecía perdido. Concepción adelantó líneas, empezó a empujar y encontró en Larrivey una referencia para sostener el ataque.
A los 67’, llegó el empate. Penal para los lilas y el propio Larrivey lo transformó en gol para el 3-3. Ahí el partido entró en una fase distinta, más abierta, más emocional, con un Concepción que, impulsado por su gente, intentó incluso ganarlo. Hubo aproximaciones, intentos y una sensación de que la remontada podía completarse.
Pero el problema de fondo nunca desaparece. Porque este equipo no solo necesita reaccionar: necesita dejar de equivocarse de manera tan grosera. La remontada, que en otro contexto podría leerse como un punto positivo, queda completamente opacada por el origen del problema. Dos penales regalados en menos de diez minutos no son un accidente, son un patrón.
Y ese patrón es el que explica por qué Deportes Concepción sigue sin ganar. No es falta de gol —hizo tres—, no es falta de generación —tuvo momentos de dominio—, ni siquiera es falta de actitud —logró levantarse de un 1-3—. Es, simplemente, un equipo que no logra sostenerse en los detalles más básicos del juego.
El empate final sirve para la estadística, pero no para la tranquilidad. Concepción vuelve a dejar puntos en el camino y, lo que es más preocupante, vuelve a hacerlo de la misma manera. En un torneo donde cada error se paga caro, los lilas están pagando demasiado… y casi siempre por culpa propia.