La goleada 4-0 de Universidad de Chile ante Deportes La Serena por la fecha 8 del Campeonato Nacional no solo extendió la racha positiva del equipo, sino que volvió a exponer el cambio estructural más importante desde la llegada de Fernando Gago: la U dejó de ser un equipo que insinuaba y pasó a ser uno que bombardea.
Los números lo sostienen sin interpretación. En los siete partidos del ciclo de Francisco Meneghini, la U acumuló 74 remates totales y 24 al arco, con promedios de 10,6 tiros y apenas 3,4 a portería por encuentro. Un equipo que llegaba poco y, cuando lo hacía, resolvía mal. La consecuencia fue directa: baja producción ofensiva y partidos donde el arco rival casi no se inquietaba.
El contraste con Gago es inmediato y brutal. En solo tres partidos, la U ya registra 53 remates totales y 22 al arco. El promedio se dispara a 17,7 tiros por partido y 7,3 al arco, más del doble en ambos indicadores clave. No es una mejora marginal: es un cambio de escala.
El dato más revelador está en la equivalencia de volumen. En tres partidos, la U de Gago ya generó prácticamente la misma cantidad de tiros al arco (22) que la U de Meneghini en siete (24). Es decir, en menos de la mitad de encuentros, igualó la producción más determinante del juego ofensivo.
Pero no se trata solo de acumulación. El detalle partido a partido confirma el patrón. Ante Unión La Calera, el equipo alcanzó 25 remates, una cifra que el ciclo anterior apenas rozó una vez. Luego repitió 14 disparos frente a Audax Italiano y otros 14 contra Deportes La Serena, estableciendo un nuevo piso ofensivo: la U ahora no baja de los dos dígitos altos en generación.
En la era Meneghini, en cambio, ese piso no existía. El equipo se movía en rangos bajos, muchas veces por debajo de los 10 remates, con dificultades para sostener presión en campo rival y sin continuidad en la generación de ocasiones.
La diferencia también es cualitativa. El salto de 3,4 a 7,3 tiros al arco por partido no solo implica más intentos, sino mejores decisiones en el último tercio. La U pasó de rematar desde zonas forzadas o lejanas a instalarse cerca del área, con mayor claridad y frecuencia en situaciones de gol.
Ahí aparece la consecuencia natural: los goles. Con Meneghini, la U marcó 6 en 7 partidos. Con Gago, ya suma 7 en solo 3 encuentros. Pero el dato no es el origen del cambio, sino su efecto. La raíz está en la generación: un equipo que ahora produce el doble de situaciones claras tiene, inevitablemente, más capacidad de convertir.
La señal es clara. La U de Gago no solo mejoró, cambió de identidad. Pasó de un equipo plano, de baja amenaza, a uno que somete, insiste y acumula remates hasta quebrar los partidos. Hoy, más que ganar, la U impone: y lo hace a punta de disparos.