El nombre de Franco Colapinto se instaló en la discusión tras el violento accidente de Oliver Bearman durante el Gran Premio de Japón en el circuito de Suzuka Circuit, un episodio que rápidamente derivó en una ola de críticas en redes sociales.
El hecho ocurrió en plena carrera, específicamente en la vuelta 22, cuando Bearman venía a alta velocidad intentando superar al piloto argentino. En ese momento se produjo una situación clave: ambos autos estaban en distintas fases de energía, producto del nuevo reglamento de la Fórmula 1.
Colapinto circulaba con menor potencia, en proceso de recarga de batería —lo que reduce considerablemente la velocidad—, mientras que Bearman venía con toda la carga disponible, lo que generó una diferencia de ritmo extremadamente alta entre ambos autos.
Ese cierre brusco obligó al británico a reaccionar en milésimas. Intentó esquivar al argentino con un volantazo, pero al pisar el pasto perdió completamente el control de su Haas. El auto entró en trompo, cruzó la pista y terminó impactando con violencia contra las barreras de contención.
El golpe fue de altísima intensidad —cerca de 50G— y ocurrió a más de 300 km/h, lo que generó inmediata preocupación en el paddock. Bearman logró salir por sus propios medios, aunque con evidentes molestias físicas, y posteriormente se confirmó que no sufrió lesiones graves, solo una contusión en la rodilla.
Los comisarios analizaron la maniobra y descartaron sanciones: no hubo contacto ni acción indebida. Colapinto mantuvo su línea y Bearman tampoco realizó una maniobra antirreglamentaria; el accidente fue consecuencia directa de las diferencias de velocidad generadas por la gestión energética de los autos.
Pese a eso, en redes sociales se instaló una narrativa que apuntó contra el argentino, lo que derivó en una ola de hostigamiento. Ante esto, su agencia salió a pedir responsabilidad y a condenar el nivel de acoso, marcando que el piloto no tuvo responsabilidad en el incidente.
El caso, además, encendió una alerta mayor dentro de la Fórmula 1. Varios pilotos y equipos ya venían advirtiendo que estas diferencias de velocidad podían generar accidentes graves, algo que finalmente se confirmó en Suzuka.
Así, lo que comenzó como una maniobra de carrera terminó transformándose en un debate global: no solo sobre la seguridad en pista, sino también sobre el juicio inmediato fuera de ella.