El Mundial de 2026 ha entregado grandes partidos, goleadas, sorpresas y actuaciones memorables. Sin embargo, también ha expuesto una de las debilidades más discutidas del nuevo formato de 48 selecciones: la posibilidad de que dos equipos encuentren más beneficios en no ganar que en competir.
Eso es exactamente lo que ocurre en el Grupo J. Argentina ya aseguró el primer lugar y el último boleto directo a la siguiente ronda se definirá entre Argelia y Austria. Ambos llegan con tres puntos y, debido al sistema que también clasifica a los mejores terceros, un empate dejaría a los dos con cuatro unidades, una cifra que prácticamente garantiza la clasificación de ambos.
El problema no es matemático. El problema es ético. La situación ha despertado alarmas en todo el mundo porque reproduce casi exactamente el escenario que protagonizaron Austria y Alemania Occidental en el Mundial de España 1982, en uno de los capítulos más oscuros que recuerda la Copa del Mundo.
Aquel episodio quedó inmortalizado como la "Vergüenza de Gijón". Argelia había sorprendido al mundo derrotando a Alemania Occidental por 2-1 y cerró su participación con cuatro puntos. Sin embargo, un día después, alemanes y austríacos saltaron a la cancha sabiendo que una victoria germana por uno o dos goles clasificaba a ambos y eliminaba a los africanos. Alemania anotó temprano y, desde entonces, ambos equipos prácticamente dejaron de atacar. El balón circuló sin intensidad, sin presión y sin intención de modificar el marcador. El 1-0 permaneció intacto hasta el final.
La indignación fue mundial. Los hinchas presentes en el estadio insultaron a los jugadores, periodistas denunciaron una farsa y Argelia presentó una protesta formal ante la FIFA. Aunque nunca se pudo demostrar un pacto explícito, el daño estaba hecho. Tan grande fue el escándalo que la FIFA decidió modificar para siempre el reglamento y estableció que los últimos partidos de cada grupo debían jugarse simultáneamente. Cuarenta y cuatro años después, el fantasma vuelve a aparecer.
La expansión a 48 equipos y la clasificación de los ocho mejores terceros han creado nuevos incentivos perversos. Ahora no basta con jugar simultáneamente. También existen escenarios donde dos selecciones saben que un resultado específico beneficia a ambas, independientemente de lo que ocurra en otros estadios. Diversos analistas han advertido que el Austria-Argelia de este sábado podría convertirse en una nueva versión de aquella vergüenza histórica, al punto que algunos ya hablan de una posible "Vergüenza de Kansas City".
Lo más llamativo es que la historia vuelve a involucrar a los mismos protagonistas. Argelia, víctima del episodio de 1982, llega nuevamente a una definición frente a Austria con la sospecha instalada. No porque exista evidencia de una eventual colusión, sino porque el formato permite que la duda exista.
Y cuando un Mundial deja espacio para que dos equipos calculen que empatar es mejor negocio que intentar ganar, el problema ya no está en los futbolistas. Está en el torneo. Porque la esencia de una Copa del Mundo siempre ha sido competir. El día en que los incentivos premian la conveniencia por sobre la ambición, el espectáculo pierde credibilidad. Y eso fue exactamente lo que ocurrió en Gijón hace 44 años.