Cualquiera de los presentes en el Monumental se fue para la casa con la sensación de que el equipo mejoró desde que a los 70' Arturo Vidal dejó su puesto para el ingreso de Leandro Hernández. La mayoría de los asistentes en Macul también se cuestionó que a los 61' - nueve minutos antes - Álvaro Madrid ingrese por Tomás Alarcón y no por el ex volante de la selección que ya estaba fundido.
Es que pareciera ser que el equipo de Fernando Ortiz arranca con el referente sin jineta. Más allá de los conflictos internos, de las declaraciones a finales de la temporada pasada, de la información de que el entrenador no quería llevarlo a Uruguay, Vidal sigue siendo titular indiscutido en cualquier posición de la cancha. Y el rendimiento simplemente no acompaña.
En la interna de Colo Colo el quiebre entre el técnico y su principal referente ya no es un rumor. La relación entre el entrenador y Vidal viene deteriorada desde el cierre de la temporada pasada, con roces por decisiones deportivas, manejo del camarín y una desconfianza mutua que terminó por estallar en este arranque de campeonato. Incluso se asegura que el DT intentó marginarlo del viaje a Uruguay en pretemporada, señal inequívoca de que el proyecto no lo tenía como eje, pero el peso del jugador y su estatus dentro del club terminaron imponiéndose.
Ese conflicto latente hoy se refleja en la cancha: el técnico sostiene a Vidal como titular indiscutido —aunque el físico ya no acompañe— y el jugador actúa como si fuese una extensión del cuerpo técnico. Dos liderazgos superpuestos. Dos discursos distintos. Y un equipo que queda atrapado en medio.
La foto que acompaña este partido ante Everton es demoledora: Vidal, detenido cerca de la banda, dando indicaciones claras a sus compañeros, mientras el entrenador permanece metros más atrás, reducido al rol de espectador. No es una imagen aislada ni anecdótica. Es una señal pública de autoridad paralela dentro del campo de juego. En un Estadio Monumental ya impaciente, con un DT golpeado por resultados y cuestionado por su lectura del partido, ese gesto termina por quitarle todo el piso frente al hincha.
Porque cuando el referente ordena y el entrenador calla, el mensaje es brutal: el mando ya no está en la banca. Y eso explica muchas cosas. Explica por qué el equipo recién mejora cuando Vidal sale. Explica por qué los cambios llegan tarde. Y explica por qué hoy Colo Colo parece arrancar cada partido con un líder sin jineta, pero con más poder que el propio técnico.
Lo que se ve en cancha es la consecuencia directa de eso. Cuando Arturo Vidal pasa a ser el eje simbólico y operativo del equipo —dando órdenes, marcando posiciones, sosteniéndose como titular aun cuando el rendimiento no acompaña— el mensaje interno es devastador: el entrenador pierde centralidad y el grupo entra en lógica de supervivencia.
Ahí aparece la teoría del “sálvese quien pueda”: cada jugador empieza a resolver desde lo individual, los cambios ya no responden a un plan sino a parches, y el colectivo se diluye. Es exactamente lo que hoy se percibe bajo el mando de Fernando Ortiz: un técnico condicionado por el peso del referente, con liderazgo fragmentado y sin autoridad plena frente al camarín ni ante el público.
Colo Colo se salvó, casi de milagro, pero el proceso sigue siendo preocupante. Por ahora la estructura se mantiene con Vidal como figura, mandando dentro y fuera de la cancha. La pregunta es clara: ¿cuánto tiempo más aguanta un camarín completamente roto?