Argentina volvió a sobrevivir. Y sí, habrá épica, habrá relato, habrá Messi, habrá remontada y habrá festejo por otro paso a cuartos de final del Mundial. Pero también hay una pregunta que empieza a repetirse partido a partido: ¿cuánto juega Argentina y cuánto la sostienen las decisiones que caen siempre para el mismo lado?
Ante Egipto, el campeón del mundo estuvo contra las cuerdas. Perdía 2-0, Messi había fallado un penal y el equipo de Lionel Scaloni parecía atrapado en otra noche de confusión, como ya le había pasado ante Cabo Verde. Los faraones golpearon primero con Yasser Ibrahim, luego resistieron con un Oufa Shobeir enorme y más tarde volvieron a castigar con Mostafa Zico, que puso un 0-2 que olía a bombazo mundial.
Pero en el momento más delicado apareció la primera gran polémica. Egipto había marcado otro gol antes del segundo, pero el VAR lo anuló por una falta a favor de Argentina. La jugada encendió la discusión porque incluso desde la transmisión se instaló la mirada de que la supuesta infracción no parecía suficiente ni tenía incidencia directa en la acción posterior. Otra vez, cuando el rival podía hundir definitivamente a la Albiceleste, la revisión terminó favoreciendo al campeón.
No fue lo único. Cristian Romero volvió a jugar al límite, con una entrada dura sobre Salah que dejó imágenes fuertes, pero sin castigo mayor. El mismo Cuti que ya venía apuntado por sus excesos ante Cabo Verde volvió a salir limpio en un partido donde Argentina necesitaba desesperadamente que sus defensores no quedaran condicionados. Son esas “chiquitas” que no siempre aparecen en el resumen, pero que van inclinando la cancha.
Después vino la reacción. Romero descontó de cabeza, Messi empujó el empate en el área y Enzo Fernández marcó el 3-2 en el tiempo añadido. Argentina lo ganó con jerarquía, con empuje y con el peso de sus nombres. Pero también lo ganó en una noche donde Egipto terminó con la sensación amarga de haber tenido la hazaña en las manos y de haber chocado no solo contra el campeón, sino también contra un contexto demasiado favorable para los de Scaloni.
La épica argentina existe. Nadie puede negar la reacción ni el carácter de un equipo que, aun jugando mal, se niega a morir. Pero la ayuda también existe, o al menos la sospecha ya se instaló con fuerza. Contra Cabo Verde fueron las faltas no cobradas, las patadas perdonadas y esa sensación de reglamento aparte. Contra Egipto, el VAR volvió a aparecer justo cuando la eliminación parecía tomar forma.
Argentina está en cuartos de final. Respira. Celebra. Sigue viva. Pero cada paso del campeón viene acompañado de una sombra incómoda: juega mal, sufre demasiado y, cuando el partido se le escapa, siempre aparece una decisión que lo vuelve a meter en carrera.