Aníbal Mosa no llegó a Colo Colo como un dirigente más. Su irrupción en Blanco y Negro, en diciembre de 2010, fue la de un actor externo que venía a desafiar la estructura tradicional del poder en el club. Empresario de origen puertomontino, hijo de inmigrantes sirios y formado en el mundo del retail y el negocio inmobiliario, desembarcó en la propiedad alba comprando cerca del 11% de las acciones, en un contexto marcado por la salida de Sebastián Piñera del club por conflictos de interés. Desde ese momento, su objetivo fue claro: crecer, influir y, eventualmente, mandar.
Su estrategia fue de acumulación agresiva. En 2012 adquirió el paquete accionario de Hernán Levy, elevando su participación al 24,5%, lo que le permitió designar tres directores y transformarse en una pieza imposible de ignorar en cualquier decisión relevante. A diferencia del bloque tradicional, más tecnocrático y enfocado en la contención de costos, Mosa construyó una imagen de “hincha-dueño”, dispuesto a invertir para repatriar ídolos y reconectar emocionalmente con la hinchada. Esa narrativa lo acercó al Club Social y Deportivo Colo Colo, alianza que resultó clave para alcanzar por primera vez la presidencia en 2015.
Ese primer ciclo estuvo marcado por éxitos locales, con los títulos del Apertura 2015 y el Transición 2017, pero también por un vacío a nivel internacional y críticas a la planificación de largo plazo. Mosa gobernaba con respaldo popular, pero ya comenzaban a asomarse las tensiones entre su estilo personalista y la lógica corporativa de una sociedad anónima deportiva. En ese periodo incluso prometió vender sus acciones al Club Social en un plazo de cinco años, un gesto político que jamás se concretó, pero que le aseguró gobernabilidad temporal.
Su segundo período, iniciado en 2019, terminó de moldear su imagen pública. La pandemia, el conflicto con el plantel por el envío al Seguro de Cesantía y la campaña que llevó a Colo Colo a disputar un partido de definición para no descender en 2020 marcaron el momento más crítico de su administración. El club salvó la categoría, pero el daño institucional fue profundo. Mosa pasó de ser el dirigente que traía ídolos al rostro visible de la peor crisis deportiva en décadas.
El tercer ciclo, iniciado en 2024, es el más confrontacional de todos. Rechazos sistemáticos de balances, denuncias cruzadas, cuestionamientos por supuestas irregularidades contables y episodios de violencia en el directorio han definido esta etapa. La imagen de Blanco y Negro como una mesa directiva funcional se ha ido diluyendo, reemplazada por un escenario de trincheras donde cada votación es una batalla política. El punto más extremo se vivió cuando Mosa terminó constatando lesiones tras una agresión en una reunión de directorio, símbolo de una gobernanza completamente fracturada.
En ese contexto aparece la OPA. A comienzos de 2026, Mosa anunció su intención de adquirir cerca de un 30% adicional de la propiedad de Blanco y Negro, con el objetivo de alcanzar aproximadamente el 66% del control accionario. La jugada tiene un propósito evidente: dejar de depender de pactos, neutralizar a la oposición y gobernar sin contrapesos. La operación, valorizada en miles de millones de pesos y con un sobreprecio respecto al valor de mercado, es una señal inequívoca de su determinación.
Mosa sostiene que este movimiento es necesario para ejecutar su plan de centenario: modernizar el Estadio Monumental, blindar la inversión deportiva y terminar con lo que él denomina una “guerra política” permanente. Para sus detractores, en cambio, la OPA es el intento definitivo por instaurar un modelo de control absoluto, donde Blanco y Negro deje de ser un espacio de negociación para convertirse en un proyecto personal.
La historia de Aníbal Mosa en Colo Colo es la de un sobreviviente. Ha resistido crisis deportivas, escándalos financieros, quiebres con ídolos y hasta agresiones físicas. También ha entregado títulos y reencantado a sectores de la hinchada. Su OPA es, en el fondo, el resumen de todo lo anterior: una jugada de alto riesgo para terminar con la inestabilidad, pero que abre una pregunta mayor sobre el futuro del club. Si lo logra, Colo Colo dejará de ser un campo de batalla entre bloques para transformarse en la proyección directa de un solo liderazgo. El problema es que, en la historia alba, ningún poder absoluto ha sido eterno.