El destello de Lamine Yamal ante Galatasaray activó de inmediato la memoria futbolera de este lado del mundo. Porque si hay un jugador chileno que supo maravillar con ese tipo de maniobras, gambetas imposibles y una técnica fuera de serie, ese fue Matías Fernández. Y especialmente el Matías de 2006, la versión más brillante de un futbolista que ese año jugó a otra velocidad y con una inspiración que parecía inagotable.
Con Colo Colo, el volante ofensivo fue la gran figura del equipo de Claudio Borghi y el motor de una campaña que quedó marcada en la historia. No solo condujo al cuadro albo a un nivel superlativo en el torneo local, sino que además fue el rostro de una escuadra que se metió en la final de la Copa Sudamericana, devolviéndole protagonismo internacional al club y al fútbol chileno. En cada partido aparecía con algo distinto: un enganche, un remate de distancia, una pelota filtrada o una jugada personal capaz de romper cualquier libreto.
Los números terminaron de coronar aquella temporada de ensueño. Matías Fernández disputó 53 partidos, marcó 39 goles y entregó 13 asistencias, registros extraordinarios para un mediocampista ofensivo. Pero más allá de las cifras, lo que realmente lo volvió inolvidable fue la forma en que jugaba. Tenía desequilibrio, pausa, cambio de ritmo, personalidad y una lectura del juego que lo hacía ver siempre un segundo antes que el resto.
Ese 2006 también le permitió alcanzar un reconocimiento mayor: fue elegido como el Mejor Jugador de América por el diario El País, transformándose en el primer chileno en conseguir esa distinción jugando en un club del país. Fue la consagración de un año perfecto, en el que el “14” albo no solo brilló, sino que además se convirtió en el futbolista más admirado del continente.
Por eso, cada vez que aparece un talento joven capaz de dejar rivales en el camino con naturalidad y descaro, el recuerdo se activa de inmediato. Lo de Yamal puede remitir a una nueva joya del fútbol mundial, pero en Chile esa clase de genialidad inevitablemente lleva a Matías Fernández. Al de Colo Colo, al de las noches grandes, al del balón pegado al pie y la imaginación sin límites.
Todo eso ocurrió antes de que emprendiera su aventura europea. Luego de hechizar a Sudamérica con una campaña extraordinaria, Fernández dio el salto al Villarreal y comenzó una trayectoria internacional que alimentó todavía más su nombre. Pero para muchos, ninguna versión superó a la de 2006: la del crack joven, suelto y desatado que convirtió cada partido en una promesa de espectáculo.